Jonte y Segurola, esquina de tango: año 1940, cuatro por ocho a toda marcha, café Febo al lado del cine del mismo nombre, parada obligada de hombres de danza. Antes se los llamaba “milongueros”, ahí el Perita y Turco Juan, el primero, dueño absoluto del corte y la quebrada, un as en el firulete, y el segundo, patrón de la elegancia y del frasco, orgullo de nuestra danza para qué más? los otros, soñando con igualarlos y superarlos.

Empiezan a proliferar las Academias de Tango en los clubes de barrio: “Rosas de Abril” “NeIson”, “Federal”, “Papelera”, etc., etc., y se empieza a gestar el nuevo tango; inconscientemente el hombre que concurre, va a nutrirse de conocimientos, a perfeccionarse o a aprender a bailar el tango.

Se olvidan las “corridas” y las “medias lunas” no se hacen, los “ochos” son anulados por los “voleos”, los “giros” suplantan a las vueltas y los paseos son superados por los

piques”. El tango danza entra en la faz de evolución, se transforma, es el principio de lo mucho que avanza la coreografía tanguera, aquellas glorias del tango bailado del pasado entran en el olvido y se incorporan otras con fuerza de emularlos: el “Turquito Curi”, el mejor caminar; el rey del andar, Rafael el príncipe de la raspada, el “Rusito Mario”, el tango de salón en el suave sabor de manifestarse y llegamos a “Cacho Lavandina” el bailarín número uno de los fabricantes de los “giros” en todas sus formas, este fenómeno de la danza no fue entendido en aquellos tiempos, ya que se mostró en el “Palermo Palace”, sito en la calle Godoy Cruz, haciendo una exhibición bajo el nombre de “Monte Castro” en honor al barrio que representaba, lo entrenaba el Bailarín Imposible, su danza era revolucionaria y verdaderamente de avanzada.

Sin embargo su línea superó las barreras del tiempo, rompió los viejos esquemas de las danzas de antaño e impuso normas definitivas en la concepción moderna para hacerla más linda a los ojos que la veían.

Lástima grande que este bailarín desapareció de los escenarios bailables como si se hubiese cumplido su ciclo, sin embargo, su figura y su línea todavía se encuentran presentes eso es lo valedero!

“Firpito” que hacía arabascos con el tango viejo.

“Arena” el compañero del Bailarín Imposible.

“Piazza” se enloquecía con sus enfoques acrobáticos.

“Josecito el Lecherito” bailaba con el “Gurí”, su orillero con formaciones exactas, dejando traslucir la influencia de su viejo maestro “El Pesca”.

“Arturo” que recién empezaba pero que después se proyectó como un gran profesor.

“Scalice” quién sabe si se llegará a bailar un tango con tanta elegancia!

“El Negro Rolón” con su milonga orillera en busca de nuevas formas y todos los demás que venían de Devoto, Mataderos, Parque, Paternal; Urquiza, Pompeya y Saavedra porque “Monte Castro” era lugar de Tango Danza y hasta tenía su historia porque de ese lugar había partido el General Ocampo en su expedición al Alto Perú.

“La Biblia” y “Miguelito” su socio; el primero, el registro mental de todos los movimientos del tango, luciendo una memoria prodigiosa y el segundo, animador infatigable de aquellas prácticas que perpetuaron la danza.

“Virulazo” ensayaba y practicaba sin pensar que eso que hacía iba a ser su medio de vida del futuro, ya que ahora es un buen profesional internacionalmente y así lo mostró en América y Europa con renovado éxito.

“Finito” que fabricaba adornos al por mayor para abandonarlos luego y reaparecer en la milonga después de treinta años, con tal éxito que se colocó a la vanguardia de los grandes bailarines del género.

“Vicente Pla”, postura positiva, elegancia deslumbrante y muchos otros que se escapan por el túnel del olvido.

Eran Academias entro hombres, fueron semillero de futuros bailarines, concurrían todos aquellos que sentían pasión por el tango y flotaba en ese ambiente un aire de superación y renovación ya que los movimientos gestados ayer eran viejos hoy, por el solo hecho de haberlos realizado.

Las figuras muy usadas pasaban al olvido y se gestaban otras que las reemplazaban exitosamente.

Así, a grandes pasos, se crea la nueva coreografía tanguísta que impera hasta nuestros días.

Párrafo aparte merecen estas academias que duraron varios años pero cumplieron su período en bien de la enseñanza de nuestro tango. Pasaron sin reabrirse hasta nuestros días. Anteriormente las hubo pero fracasaron porque habían hecho irrupción los homosexuales desviando los objetivos de ellas; por eso, cuando existieron las verdaderas que se crearon para perfeccionar el tango, tuvieron renovado y franco éxito.

Como en esos años empezaron a componerse las grandes orquestas, a legar un sonido diferente, a modificar su ritmo, a acentuarlo, a pulirlo con el sello personal de sus directores y los componentes de su conjunto.

Al afiatarse estas agrupaciones que le dan forma diferente a lo que había sido tango hasta entonces, al modificar su estructura no su contenido, produjeron en los bailarines una modificación en su sentir que lo volcaron también en la danza, puesto que todos saben que el tango nació para bailarlo, más tarde se hizo letra y voz. De aquellos años son estos, los valores bailables que hicieron posible esa modificación, aquel núcleo de hombres que logró el cambio coreográfico de nuestro tango incorporando al crear un sin fin de movimientos inéditos hasta ese momento y un nuevo colorido en la postura.

Se crearon los “Arrastres”, es decir, se llevan los pies de la mujer pegados a los pies del hombre, arrastrándolos al ras del suelo, se incorpora el “giro simple, el doble y el triple, haciéndolo de izquierda y de derecha, que modifican las vueltas de ambos lados.

Se gestan los “voleos”: sacudir o volear los pies del bailarín o de la bailarina, en el aire se fabrican los “ganchos”: entrar las piernas del bailarín entre las piernas de su pareja o viceversa, o sea las piernas de la bailarina entra las piernas del bailarín y el otro gancho: sacando del lugar las piernas del bailarín o de la bailarina para sustituirlos por las piernas que obligan el cambio, ocupando el lugar que tenían aquéllas.

De los “traspiés”: adelantando uno do los dos pies del bailarín, haciendo un tiempo y volviendo a sacar el mismo con el cual se arrancó.

La “raspada”: indistintamente se puede raspar con ambos pies, se hacen dos o tres círculos con el mismo pie y el otro que sirva de apoyo, siempre en el mismo lugar, la compañera puede hacer lo mismo.

En la postura se mantiene la línea clásica, es decir, con los brazos dimensionados a la altura de los hombros y la toma completamente juntos, los pasos largos, pies siempre cerrando, pecho a pecho en el busto.

Desde entonces hasta nuestros días no hay modificación específica en la danza. Yo pregunto: ¿Está detenida la creación? ¡No creo…! Esperemos que surja un valor destacado.

Autor: Carlos Alberto Estévez

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