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Juan Cesar Mendieta

Escrito por Petroleo, Carlos Alberto Estévez
(Congreve) 1945

Se diferenciaba de todos los milongueros por su estilo puro o pulido para danzar nuestro tango, también difería de todos por la forma de vestir: Pretina alta en el pantalón, saco de corte largo, corbata con nudo ancho, se parecía un poco a esos personajes, que dibujaba ese famoso lápiz que se llamó “Divito”.

Imponía respecto por su porte y su prestancia en el andar la manera de frasear rayaba en las cumbres, dominaba el lenguaje de los movimientos y apuntaba su discurso a una inusual manera de decir, ya que la temática que empleaba, se ajustaba a un ordenamiento determinado, primero abría con un prólogo simple y sencillo, para luego entrar en el desarrollo, donde mostraba el bailarín consumado y para terminar en un epílogo, prodigo de formas perfectas, adornándolo al final con un original encuadre de movimientos que solamente los virtuosos lo pueden lograr.

Así era su danza, deslumbrante, no así su vida sentimental, que resultó un fracaso y deterioró su existencia. Por esa causa dejó muchos años de bailar, como si se hubiese hecho una promesa a si mismo, por siempre.

Al principio se dedica a beber con exceso, pero con el alcohol no encuentra solución, después se recoje interiormente cambiando todas sus costumbres, su mundo se emerge en las sombras, abandona su profesión ya que era Profesor de Danzas, hasta que sorpresivamente un ataque al corazón, troncha su vida.

Fue el bailarín olvidado, igual que su tumba, había tanto abandono, corno el cuadro dramático de su existencia.

Sin embargo el tango le debe un homenaje a su memoria y Caballito su barrio de pibe, una recordación por ser uno de sus buenos bailarines.

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