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Petróleo 2

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G: Pero, Petróleo si no eras amigo no te daba ni pelota.

L: Sí, eso ni hablar. A mí me costó años.

Había quince años de diferencia. Había unos códigos: cinco años y no te daban bola.

Para que te ubiqués, Petróleo se sentaba en su mesa con su barra. Esteban El Vasco, Esperanza, La Polaca, Roberto Pugliese.

Ni a Lampazo ni a nadie (porque Lampazo no era nadie en esa época) le daba bolilla.

Pero si a través de los años entablamos una relación de amistad en la cual todo lo que me enseñó sobre tango: a cerrar, caminar, cerrar caminando, que no meta un gancho.

Un día yo gano un concurso en un salón en la calle Belgrano y Yapeyú y había hecho un gancho o dos, y me dice: “Vení, loco… nunca más. Vos ganaste bien, pero nunca más hagas un gancho.”

Me quedo mirándolo y le digo: “Pero, Carlitos. ¿Porqué?”. “Tenés patas cortitas como un chancho. Quedás colgado y el gancho tiene que ser para personas que tengan piernas largas.”

Fijate vos que detalle.

Yo no cerraba. Cuando él me agarra a mí como alumno, yo bailaba, todo lo que vos quieras, pero no era capaz de caminar y cerrar de costado.

También, caminando, patear un giro.

Él me enseñó todo eso, así como pudo haber habido otra gente.

Hoy, gracias a ellos, tuve la suerte de ser maestro en la Universidad de Standford, de ser maestro en el Centro Cultural San Martín, de ser colaborador de Tango Argentino, de enseñar a muchísima gente, porque hace cerca de treinta años que estoy en la docencia del tango.

Todo eso es una satisfacción personal.

Lo mismo que la milonga que bailo yo, quien la quiera copiar le va a ser difícil, porque es muy personal.

¿No sé si estás de acuerdo?

G.: Se puede aprender.

L.: El movimiento, pero no la intención. Hay gente que cree que yo no quiero enseñar.

De repente estoy bailando y hago… ta, ta, ta… y es algo personal que sale de adentro.

L: Yo, hasta el día que me muera voy a estar agradecido, a toda esa gente que te nombre.

Porque no había egoísmo.

No había que pagar nada.

Yo me arrimaba a la barra, y pedía: “A ver, flaco, hacelo de vuelta”.

Y lo hacían de vuelta a pesar que nadie me conocía

Hoy tenés que entrar a una clase y pagar la entrada.

En esa época no.

Iba cualquiera a cualquier lado y le enseñaban.

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